No es la primera noche que
terminé en La 14, encontrando serenidad en las mesas que están próximas a la
baranda del balcón en el segundo piso, donde tienes la vista abierta del cielo,
donde puedes encontrar las reflexiones que no encuentras cuando estás enterrada
en las cuatro paredes de tu habitación. Es de notar, que yo no tendría más que
hacer que subir las escaleras a la terraza de mi casa para encontrar el mismo
cielo y la misma paz. Qué difícil lograr las cosas cuando las tienes ahí a la
mano, acostumbrado a ellas. En cambio, fue fácil hacerle caso al sentimiento
desesperado de libertad que surgió de repente y por causa de las circunstancias,
y que, sin mayor dificultad, me movió a salir de mi encierro de todo el día,
como no es raro por estos días, para ir a encontrar esa libertad. Estoy
hablando de ese momento de libertad pura que siento cuando bajo un puente en mi
bicicleta. Un momento fugaz, pero aún siento el fantasma del viento rozando mi
piel. Podría subir ese puente mil veces con tal de sentir eso que siento cuando
lo bajo: El viento estrellándose contra mi pecho, haciéndome sentir imparable,
el zumbido de la cadena acelerando rápidamente, la vista elevada de todo lo que
está a mi alrededor pero sobre todo la vista del cielo, la luna llena
acompañándome, inmóvil y brillante. Es un corto momento de eternidad donde no
recuerdo nada de lo que está pasando en mi vida, solo estoy viviendo, disfrutando.
Hoy tampoco almorcé. Hasta cierto
punto el desayuno que tuve a las horas próximas al medio día podía suplir la
función del almuerzo. Fue el hambre pero también la rebeldía hacia mi propia
actitud derrotada. Como un baño de agua fría que tanto bien te hace a pesar de
que no lo quieres tomar al comienzo; tuve un arrebato por sentir eso. Me vestí
rápidamente y salí. Esta vez no lleve mi maleta llena de cosas necesarias e
inútiles que acostumbro a llevar. Pensé en la sensación de cargarla en mi
espalda mientras pedaleara y decidí dejarla porque está vez necesitaba sentirme
libre incluso también de ese peso. Las llaves en un bolsillo, el dinero en
otro, mi gorro de lana abrigándome la cabeza, y una canción metida en el
pensamiento que hasta ahora no se va.
La subida del puente estuvo un
poco más dura de lo que pensé, porque siempre que permanezco inactiva, cuando
salgo a ser activa toda esa energía acumulada se libera en un torrente, y eso
en esta cuestión sería más fuerza para pedalear o sea menos esfuerzo. Por otro
lado, hay que saber bien como tomar el impulso y hacer el cambio de piñones y
eso todavía lo estoy practicando para los puentes. En todo caso, lo importante aquí es lo que
sentí mientras subía y la analogía con la vida que estaba experimentando justo
en ese momento. Hablo del esfuerzo físico que significó esa subida, mi
respiración acortándose, el fuego ascendente en mis piernas a medida que
aumentaba la inclinación y disminuía la velocidad, mi mente enfocándose en
continuar, y solo en eso, para poder lograrlo. Cuando llegaba a la cima del
puente pensaba en que eso que sentí subiendo describía muy bien lo que uno
siente en la vida tratando de lograr las cosas. Bueno, ojalá pudiera hacerlo
tan sencillo como subir un puente en bici. Mi problema es que estoy casi
completamente enfocada en la bajada, o sea la recompensa.
La mejor opción que allá puedo
encontrar para llenar el estómago es un pastel de La Locura. No había el sabor
que quería, pero no importaba, pedí otro que tampoco probaba hace un tiempo
(siempre pido de pollo). Al comienzo pensaba sentarme en una de las bancas que
hay junto a los locales del pasillo de afuera, pero pronto recordé esa otra noche,
en circunstancias parecidas, en que fui
al segundo piso. Sí, mucho mejor. Ahí estaba el cielo esperándome y no muchas
personas que irrumpieran con la serenidad del espacio. Primero me ocupé del
asunto del hambre, aunque ya la sensación de hambre se había esfumado (nunca he
sido de esas personas que no pueden hacer algo hasta que no hayan comido). Lo
importante era llenar el estómago con algo. Una vez acabé proseguí a invocar
las reflexiones que hace rato he estado evadiendo, o a tratar de hacerlo. Hubo muchas
cosas que pensé que ya ni recuerdo, pero lo importante fue esa idea que salió
de la inspiración genuina: Sería una actividad muy sencilla de lograr y muy
beneficiosa para mí, que yo hiciera de esa pequeña aventura a La 14 en
bicicleta un hábito. Podría ir todas las tardes-noches, o casi todas, a ese
balcón, a esa misma mesa que es mi preferida entre todas las mesas vacías, a
escribir. Escribir como lo estoy haciendo en este momento, escribir sobre mi
vida, sobre lo que aprendo, como siempre lo he querido hacer. También leer, o
tan solo reflexionar, tan solo mirar ese cielo perpetuo que me da las
respuestas cuando me quedo mirándolo mientras pienso. Lo único que tengo que
hacer es vencer ese demonio que me invade el alma desde hace tiempo, el de
renunciar a los planes y nunca llevarlos a cabo. Es un vicio que conozco muy
bien, que ha sido parte de mí por años, y al considerar que eso es lo que
pudiera pasar con esta nueva idea me produjo un dolor puro de las entrañas que
se expresó en llanto. No fue un llanto tan profundo como suele suceder, y creo
que fue por la ocasión (varios factores). Tenía ganas de movilizarme. En
principio, había pensado en ir a seguir pedaleando por el sector (aunque la
abundancia de semáforos me desalentaba un poco), pues sentía el deseo de gastar
energía física y nada mejor que hacerlo andando en bici. Pero luego se me ocurrió
que había cosas que debía venir a hacer en mi casa, personas a quiénes
hablarle. Entonces decidí irme del balcón para ir por mi bici y llevar a cabo
el plan – tenía cierto afán porque me desanimo muy fácil, entonces “el plan” podía
terminar en nada una vez que llegara a la casa.
Lo que pasó a continuación fue un
bonus que no me esperaba y que le ha plasmado a esta pequeña aventura un encanto
adicional. Acababa de entregar el tiquete al guarda encargado de la pequeña
sección de motos y bicicletas, empecé a andar la línea recta que termina en un
giro para subir la rampa hacia el primer piso. Venía una señora a pie camino
hacia dicho parqueadero, que mirándome, dijo unas palabras, en voz alta. Digo
voz alta porque yo pensé que eran para mí, pero ahora entiendo que las dijo a
sí misma. Yo no lo entendí de una lo que dijo, la miré por unos segundos -- el
hecho de que me resultó familiar solo ayudó a mi confusión (imaginé que quizás
me saludaba) -- pero luego, después de que la volteé a mirar por segunda vez y vi
que ella ya no miraba, fue que descifré sus palabras: “¿Eso es un niño o una
niña?”. Mi primera reacción, mientras subía la rampa, fue de entendimiento,
como de oh, eso es lo que dijo.
Luego, desde que salía de La 14 hasta llegar al puente, sencillamente me reía y
me reía, y me regocijaba en risa. Lo dijo tan desinhibidamente; fue por instinto,
fue lo primero que pensó (en voz alta y perfectamente audible para mí) apenas
me vio, un sujeto con pantalón de pintas de cebra, una camisa blanca, un gorro
de lana que me cubría todo mi corto cabello, en una bici playera (o sea, que en
este mundo sexista entra en la categoría de “para mujer/niña”). Lo que quiero
decir acerca de esto es: Por un lado, lo interesante que me resulta la reacción
de la señora en sí. Ella es una digna representante de las personas cuyo mundo
ha sido construido por todos los dogmas y sentencias que impone la sociedad y cuyo muro su capacidad de desarrollo integral
no se atreve o permite cruzar. Por otro lado, quiero expresar lo que esto me hace sentir. Me hizo
sentir bien, bien conmigo misma de una manera que no había tenido la
oportunidad de hacerlo. Pensé “qué bueno que me haya visto, qué bueno que causé
esa reacción en ella, porque quiere decir que con mi sola existencia le estoy probando
que las cosas no son blanco y negro”. Depende de cada quien entender que oh
sorpresa, la mayoría de cosas que dicta la sociedad son erróneas, pero las
pruebas sólidas y en este caso vivientes de que eso no es como decían (los
géneros, la sexualidad) son útiles y necesarias, y se siente muy bien ser una
parte contribuyente. Es más, si alguien leyera esto y necesita ayuda para
comprender esta cuestión, estaré muy feliz de ser esa ayuda.
Ya cuando llegué al puente (el
mismo puente, ahora en sentido contrario) la señora de esfumó de mis
pensamientos y el puente era lo único que importaba, de nuevo. Este lado del
puente no era tan difícil de subir, pero la bajada era igual de satisfactoria.
Fue perfecta, sin tráfico, el viento, la noche, la cadena zumbando; esta vez
cerré los ojos por unos segundos, tratando de maximizar el momento. Ya sé lo
que están pensando: es peligroso. Mi respuesta es: antes de cerrar los ojos me
percaté de que no tenía un solo carro o moto o nada detrás de mí, y para mí eso
es suficiente. No me voy a preocupar por un hueco (que si lo pensamos, he pasado
por ahí muchas veces, sé que no hay huecos) ni por perder el equilibrio, ni por
ningún otro temor posible. No le tengo miedo a vivir de verdad; más antes lo
persigo constantemente. Me dejé llevar unos segundos por el impulso de la bajada,
luego empecé a pedalear de nuevo, una sonrisa fácil se formó en mi rostro, eso fue genial, pensé. Mientras
pedaleaba al semáforo seguía pensando en los planes que debía hacer cuando
llegara a mi casa. Pensaba en que iba a escribir sobre lo que pasó con la
señora porque fue significativo, pensaba en que debía escribir de una vez sobre
todo sobre la ida a La 14 y el día de hoy. Pensaba en las palabras y frases que
iba a escribir – siempre lo hago, luego, casi siempre, se me escapan de la consciencia y luego ya no puedo recuperarlas. Y por supuesto, pensaba en que lo
publicaría en Facebook, para la disposición de todas las personas que he
contactado por ahí. Porque compartir mis pensamientos, mi vida propia con las
personas es un sueño frustrado de siempre. Pues ahora he escrito esto, y lo
hice pensando en los receptores de estas palabras. También tenía otros enfoques,
pero no los mencionaré por ahora. En todo caso, quisiera seguir escribiendo
así, así era que había querido hacerlo desde hace tiempo, y al fin lo he
logrado.